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Aromas e Historias con sabor a Navidad
Como es la Navidad en el Ecuador

La Navidad en el Ecuador es, ante todo, un rito de cocina. Un momento donde el tiempo huele a clavo de olor, a pasas hinchadas en vino, a hornos que se encienden desde temprano y a familias que encuentran en la comida un lenguaje propio. Con más de quince años trabajando entre fuegos, docentes, hoteles y consultorías, he comprendido que pocas celebraciones despiertan tanta identidad culinaria como esta.

Cada diciembre, las cocinas ecuatorianas se transforman en escenarios donde conviven técnicas tradicionales con gestos heredados. No importa si estás en Quito, en la Sierra profunda, en la Costa cálida, la Amazonía o las islas: la Navidad se cocina en plural, pero se siente en singular.

Una historia que empieza en la cocina de la abuela
Aquí tienes una versión ampliada y más general de “Una historia que empieza en la cocina de la abuela”, manteniendo el tono cálido y narrativo propio de un artículo de revista gastronómica:

Una historia que empieza en la cocina 
La Navidad ecuatoriana empieza, casi siempre, en una cocina llena de vida. No es una cocina en particular; puede ser la de una casa serrana con el frío entrando por las ventanas, la de un hogar costeño donde el calor acompaña los preparativos, o la de una vivienda amazónica donde el aroma del cacao se mezcla con el de la leña. Lo que todas comparten es esa energía única que solo se siente cuando diciembre toca la puerta.

Desde temprano, el sonido de ollas y cuchillos despierta a la familia. En muchas casas, la abuela

o la Tia que cocina delicioso, o mi mamá que guarda con gran recelo las recetas familiares se

convierten en las primeras guardianas del ritual. La Navidad, para ellas, no empieza el 24, empieza

días antes, cuando te dicen “Darás Salando el Pavo” o cuando empieza el remojo y macerado de

las frutas, se eligen las especias y aliños, se hace una lista de compras gigante que casi siempre

se traspapela o se termina perdiendo y terminan comprando cualquier cosa, en fin, ella o ellas

son las encargadas de supervisar que todo marche correctamente, que el fuego tenga la

intensidad correcta, que el pavo esté bien marinado y que a nadie se le ocurra alterar la receta

que ha sobrevivido generaciones. y es que es así como lo he vivido desde que tengo memoria,

y estoy seguro que en la mayor parte de casas de mi lindo Ecuador, la cocina navideña es una

escena donde todos participan. Los niños ayudan a cortar la manzana para la ensalada o a

formar los Tamales, buñuelos y pristiños; los jóvenes revisan el horno, licúan la salsa o van por

las cosas que no compraron por perder aquella lista que tomó horas elaborar; los tíos prueban

el vino y el ponche “para ver si está bien”; y siempre hay alguien que remueve el relleno mientras

dice:

“Carajo! Que rico que huele la Navidad.”

La diversidad cultural del país también aparece en este espacio. Mientras algunas familias serranas

preparan el Pavo Relleno o pernil marinado con chicha, panela o cerveza, y aromatizado con hierbas

andinas, en la Costa no falta el toque dulce de las frutas confitadas o el arroz navideño más cargado.

En los hogares amazónicos, ingredientes como el cacao nativo, la canela de monte o las guayabas silvestres

otorgan un carácter único a sus postres y bebidas.

A pesar de estas diferencias, hay elementos que unen. En la mayoría de hogares, la mañana del 24 huele a pan recién horneado, a clavo y canela, a mantequilla derritiéndose en la sartén. El sonido del “pip” del horno anuncia que la carne el pavo el cerdo o el pollo necesita ser bañada nuevamente en su jugo para que quede tierna. Las radios ponen villancicos tradicionales mientras se mezcla el chocolate caliente con una paciencia casi ceremonial.

Lo hermoso es que la cocina navideña no es solo producción culinaria; es también conversación y convivencia. Allí se cuentan anécdotas familiares, se recuerdan Navidades antiguas, se bromea, se discute y se negocian las tareas:

—“¿Tú haces la ensalada?”
—“No, yo hago el arroz que siempre me queda bien.”
—“Entonces tú fríes los pristiños.”
—“Pero no les quemarás otra vez.”

Por unas horas, la cocina deja de ser un espacio funcional y se convierte en territorio emocional. Todo lo que sucede allí, el aroma, el calor, el trabajo en conjunto, construye el verdadero espíritu navideño ecuatoriano.

Cuando finalmente llega la noche, la mesa es el resultado de ese día entero de trabajo colectivo. Y al sentarse, la familia no solo comparte comida: comparte memoria, tiempo y afecto recordando navidades pasadas, personas que vinieron y personas que nos acompañan desde otro plano astral y que se quedaron en nuestros corazones, en fin, la vida. 

Cada plato cuenta un origen, cada sabor recuerda una historia, y cada familia sin importar su región, tamaño o costumbres vive la Navidad a través de la cocina como si fuera un lenguaje propio, un idioma emocional que todos dominan.

Por eso, en el Ecuador, decir “Navidad” es decir cocina, es decir familia, es decir tradición. Y esa historia, la de la                            cocina de la abuela, se repite cada año en miles de hogares, sosteniendo una identidad gastronómica que                           se fortalece con cada plato servido, con cada abrazo y con cada brindis alrededor de la mesa.
                             El banquete que cuenta quiénes somos.


                                           La Navidad ecuatoriana se reconoce antes de llegar a la mesa. Empieza en los aromas que                                                  inundan la casa: canela, clavo, naranja, panela derritiéndose, mantequilla chisporroteando,                                                   el horno abriéndose apenas para revisar “cómo va el pavo”. Ese conjunto de olores es                                                              más que un anuncio: es una declaración de quiénes somos como cultura, porque el                                                               banquete navideño ecuatoriano revela identidad, memoria y carácter.

                                                         

                                                                            El pavo y el relleno: el centro del ritual.

                                                             Aunque no siempre fue tradicional, el pavo se ha convertido en protagonista en                                                                      miles de hogares. Su preparación es un acto de paciencia y técnica: el marinado                                                                  que se deja toda una noche, la mantequilla aromatizada que se esconde bajo la                                                                  piel, la constante tarea de bañar la carne con sus propios jugos para que no                                                                          pierda humedad.

                                                            Y luego está el relleno, ese universo donde lo salado y lo dulce se abrazan sin pedir                                                                permiso. Pasas, nueces, manzana, pan remojado, especias y, en algunas casas, un                                                              toque de vino o chicha. Es un relleno que no solo acompaña al pavo: lo define. Cada                                                           familia tiene su versión y la defiende con orgullo, porque el relleno es tradición, pero                                                              también es firma.

 

                                                               El chancho navideño y su eterno encanto.

                                              En otros hogares, el pavo es reemplazado —o acompañado— por el cerdo horneado. Un                                                   chancho que se marina con cerveza, ajo, cebolla, achiote, hierbas y panela, y que termina                                               con una piel crujiente que anuncia fiesta. Pero lo que realmente lo vuelve navideño es su salsa                                        agridulce: frutas cocidas, azúcar o panela, vino, canela, clavo, pasas y un toque cítrico que                                           ilumina el paladar.

Es una salsa que cuenta nuestra esencia mestiza: mezcla, contraste y armonía.


Arroz navideño: la prueba de identidad familiar
Quizás ningún plato revela más la personalidad de una familia ecuatoriana que el arroz navideño. En algunos hogares es intenso, con nueces, almendras y jamón; en otros es más ligero y aromático. 

Pero la conversación inevitable es siempre la misma:


¿Lleva pasas o no?

Este debate puede durar años. Hay quienes defienden que el dulce equilibra la mesa; otros consideran que las pasas “invaden” todo. Pero el verdadero encanto está en esa discusión cariñosa, porque el arroz navideño no es solo un acompañamiento: es un tema de identidad.

Ensaladas que cuentan historias
La Navidad ecuatoriana también se reconoce en las ensaladas que acompañan la mesa. Y aquí entra una tradición única: las ensaladas de frutas, que pasan del postre a convertirse en guarnición salada. Manzana, crema, uvas, melocotón en almíbar, cerezas, piña Una mezcla dulce y fresca que, sorprendentemente, encuentra su lugar junto al chancho o el pavo.

Esta tradición habla de nuestra apertura a los contrastes, de nuestro gusto por lo festivo y lo abundante, y de esa capacidad tan ecuatoriana de mezclar sabores sin miedo.

Tamal de dulce: un tesoro que sobrevive
En medio de la mesa suelen aparecer preparaciones que viajan directo a la infancia, como el tamal de dulce. Un tamal tierno, perfumado con pasas, clavo, canela, mantequilla y azúcar, que envuelve una masa suave y cálida no se distingue si es un tamal o un quimbolito por lo que yo he preferido llamarlo “Tambolito”. En algunos hogares se prepara desde semanas antes como una previa a la celebración; en otros, llega como regalo de alguna tía experta en la tradición. Lo cierto es que el tamal navideño es un pequeño recordatorio de que el Ecuador celebra la Navidad no solo con grandes piezas de carne, sino también con bocados llenos de historia.

Pristiños y buñuelos: el cierre perfecto
Y cuando la noche avanza, llegan los pristiños crujientes en forma de corona y los buñuelos dorados que se inflan al contacto con el aceite caliente. Ambos se bañan en miel de panela aromatizada con canela, clavo y naranja.
Estos dulces no solo cierran la cena: cierran el día. Se comen entre risas, villancicos y brindis; son la señal de que la cocina está descansando, pero la celebración apenas comienza.

El verdadero sabor: la familia reunida
Sin embargo, más allá de los sabores, técnicas y discusiones culinarias, el verdadero banquete navideño ecuatoriano es la reunión familiar. Es la mesa larga que obliga a poner sillas adicionales; es el “sírvete más” insistente; es el abrazo largo después de brindar, es el saberse juntos.

El banquete ecuatoriano no solo alimenta: une, reconcilia, recuerda y celebra. Es una mesa que resume quiénes somos: un país diverso, mestizo, alegre, amante del contraste y profundamente familiar.

Por eso, cada 24 de diciembre, cuando el arroz se sirve, el chancho se corta, el pavo se presenta y la miel de los pristiños brilla bajo la luz amarilla de la casa, entendemos que no es solo una cena, es identidad, es tradición, Es Ecuador en un solo plato.

El verdadero milagro está en la mesa
La Navidad ecuatoriana es más que preparativos, hornos encendidos y recetas heredadas; es un instante donde el corazón y la cocina se encuentran. En cada hogar, mientras se mezcla el adobo, se corta la fruta o se revisa la cocción del pavo, también se mezclan recuerdos, esperanzas y ese deseo silencioso de que la familia esté bien, unida y feliz.

Hay algo profundamente hermoso en esos momentos compartidos: un papá probando el punto de sal, una mamá ajustando la receta “como siempre la ha hecho”, los niños batiendo la crema con torpeza, los hermanos brindando con un vino sencillo o con una Güitig servida en jarro, refrescando la jornada mientras la casa se llena de risas y aromas que solo diciembre sabe crear. La cocina se vuelve entonces un refugio: un espacio cálido donde el tiempo se detiene y lo cotidiano se convierte en celebración.

Y aunque el menú cambie, aunque el pavo sea reemplazado por chancho o por lo que la economía permita, aunque algunos años falte alguien en la mesa o llegue alguien nuevo, la esencia permanece intacta. Porque la Navidad no está en el tamaño del banquete, sino en el amor con el que se prepara.

En medio de todo ese ritual culinario, es imposible olvidar el verdadero motivo de la celebración: recordar el nacimiento de Jesús, símbolo de esperanza, de renacer y de luz. Qué mejor forma de honrar ese momento que rodeados de quienes amamos, compartiendo pan, historias, abrazos y un plato hecho con el corazón.


Al final, la gastronomía navideña en Ecuador es un puente entre lo terrenal y lo espiritual. Es el acto sencillo pero poderoso de cocinar para agradecer, para unir, para sanar, para celebrar la vida. Es la certeza de que, mientras haya una mesa donde podamos sentarnos juntos, mientras haya una olla en el fuego y un aroma que nos convoque, la Navidad seguirá viva en nosotros.

Porque en cada hogar, en cada cocina encendida, se repite el milagro:

la felicidad de estar juntos, compartiendo lo que somos, lo que tenemos y lo que amamos.
 

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